Donde todo empezó
Después de despedirse de su gente, enfilo así la capital
provincial de Villa Clara. Una vez desembarcado en la terminal, preguntó dónde
se encontraba la escuela de Trabajadores Sociales, una persona le indicó el
camino: “por esta calle recto no muy lejos, ahí mismo”. Si no estaba lejos lo
mejor era ir caminando, en el transcurso se daba cuenta que no era tan cerca
como le decían. Vio una edificación y se dijo; es aquí.
Al llegar preguntó en la puerta: “-... Trabajadores
Sociales”, “-No, esta es la EIA, Trabajadores Sociales queda del otro lado...
Tienes que dar la vuelta”. Maravillosas noticias, volver a caminar, con lo
fresquito que estaba, no importaba un kilómetro más o menos.
Ubicado, se dirige al PCA[1]
y vuelve a hacer la pregunta, esta vez le responden, “¿Usted es de los nuevos
ingresos?”, acertando con la cabeza, le piden el nombre para verificar y le
indican preguntar por un profesor en el interior de la institución.
Pasando por el pasillo central, ve a un personaje, luego
se enteraría que era de su mismo grupo y se llama Samuel. Estaba sentado solo
en una esquina de la plaza, cazando, buscando su próxima presa.
Con otras preguntas llega al cuarto donde se alojaría por
ese año. Lo primero que ve; dos dormilones, uno Yankiel, el otro se despierta y
dándose cuenta en acto reflejo le extiende la mano y se presenta, a lo que
responde, “-Tu eres el hijo de Vilazita”, “-Si, porque”, “-Yo soy Hildo... pasé
el servicio en la unidad de tu padre, él me había dicho que venías”.
Las expectativas estaban altas, todo un mundo nuevo,
lleno de cosas por conocer. Al día siguiente, y como serían todos los
amaneceres, se oye una perturbadora música a las 6:30 de la mañana, algo que no
entendía, por lo que le habían contado de cómo era la universidad, para
confirmar, una tía, tomando la palabra cual si fuera un mazo en la cabeza,
remata el poco sueño que quedaba. Indica la hora de desayuno y formación, y
hace recordar los años de servicio militar. La instructora se aleja, no sin
antes amenazar con su regreso, procurando no encontrar a nadie.
Un día nuevo, con los sentidos a explotar, sin que nada
se le escape, preguntándose de todo y tomando nota a su alrededor. Un muchacho
bastante tímido, con ganas de hacer, pero cuestionando su actuar. En la primera
clase de programación, salta uno y dice, que vamos a dar java o C[2].
Todo, todavía dentro de lo desconocido, con rapidez avanza el tiempo, la
primera prueba, Calculo I, resultado, desaprobado, nada que no se pudiera
arreglar. Siguen los exámenes, nuevos amigos, nuevos retos, demostrándose que
no estaba equivocado de lugar, que todo lo que quería lo tenía en frente. Una
tarea dura fue superar el miedo escénico, las manos sudadas y la presión hasta
el tope, cosas para deshacer, esta era su próxima meta. La prueba de fuego fue
la exposición en los temas de Filosofía, de todo para convencerse de la
simplicidad del acto y lo normal que sería una equivocación.
Para el segundo semestre,
la lección estaba aprendida, todo comenzó a tomar cauce, nada parecía
complicado en extremo y con algo de miedo al público, pero con mucho avance y
superación personal. Concluye el curso entre juegos de todo tipo, pasando por el
domino y el “Culo[3]”,
hasta el fútbol, deporte que no le interesaba hasta el momento, pero que iba
haciendo espacio por el fervor de la copa Sudáfrica 2010. Escapadas al río,
cumpleaños, rizas y pocos desalientos, todo lo que se puede pedir para un buen
año.
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